Delphine del Castillo
Delphinus delphis
Delphinus delphis
Delphine nació entre las hojas caídas en Champ de Mars y la Torre Eiffel.
Sí.
La madre había colgado un emblemático póster de París en la pared de su habitación en el hospital.
Esa mujer no había puesto un pie en París en su vida. Pero una tarde, después de comer, puso La 1 y estaban dando una mítica película “Escapa antes de que empiece”. En ella salía la Torre Eiffel con sus típicos cerezos en flor.
Desde entonces solo comía pan francés, merluza del Mediterráneo —de la parte francesa, obviamente— y ella misma se metía rosas y notitas de amor en el buzón. Era muy fea la pobre y no tenía suerte en el amor. Ajeno.
Con su gran dominio del francés, llevó a la niña a la iglesia y le dijo al cura:
—¡Échale un capazo de agua en la cabeza a la niña y ponle Delphine! Es mi animal favorito.
Delphine tuvo una infancia muy romántica.
Desayunaba en vajilla de flores estampadas, comía entre algodones made in France y cenaba en su cuarto, porque todos los días acababa castigada. De lo buena que era.
La niña hizo lo que la madre no pudo: estudiar francés. Hablarlo no, pero lo estudió.
Incluso estuvo un año cursando saltos de trampolín. Su madre decía que era un deporte romántico.
Luego se enamoró un par de veces. Por supuesto, no correspondidas.
Así fueron pasando los años, hasta que su adultez llegó y, con ella, aunque consiguió esquivarla a última hora, la senectud. Palabra usada por capricho del gilipollas que escribe esto.
A los 68 años seguía sin conocer hombre alguno.
Pero cumplió su sueño.
Recién jubilada por tortícolis, alquiló una casa de 9 metros cuadrados a escasos metros de la Torre Eiffel. Solo pagaba 2800 euros al mes y cobraba 900, pero había logrado su sueño.
Antes de finalizar el segundo mes, ya estaba de patitas en la calle.
—¡Ay, qué triste estoy! Si llego a saber que aquí son tan malas personas, no vengo.
Los primeros días sobrevivió entre casas de acogida y el museo “Oh Le Agilité”.
Pero cuando todo estaba perdido y en su mente rondaba la idea… de regresar a España, su vida cambió para siempre.
Una mañana salió en busca de sustento, cuando se chocó de frente con Antoine Pimpilé.
Aquello fue amor a primera vista. A los cinco minutos ya estaban casados y, a los diez, Delphine perdió su virginidad, quedando embarazada. A los 70 años.
Al día siguiente fue la boda. Los invitados fueron la familia de Antoine y unas cajas de cartón que guardaba con cariño Delphine. De su etapa rebelde deambulando por los parques.
Compraron una casa a las afueras de París y fueron felices tres días.
Pero una mañana todo cambió.
Antoine comenzó a toser expulsando líquido rojo. Era sangre. A chorros.
Lo llevaron rápidamente al hospital y, tras veinte minutos de extensos exámenes, descubrieron la causa.
El doctor Marmoliné de Tous les Saints fue el encargado de comunicarle la noticia.
—Delphine, ¿usted es la esposa del señor Antoine, verdad? Pues siento decirle que le hemos detectado un cáncer a su marido del tamaño de todo su cuerpo. En cuestión de unos diez a quince minutos morirá. Con mis respetos, me marcho. He quedado con los amigos para tomar unas copitas.
La felicidad le duró a Delphine cuatro días.
Al día siguiente se compró una máquina de escribir con la herencia que le había dejado su fallecido esposo y escribió esta nota:
“Querido Antoine, mi vida sin ti es amarga. Oh, desdichado mi corazón. He conocido el lado bueno de la vida, aunque solo por cuatro días. Adiós, mundo cruel”.
Dejó la nota sobre la nevera y, con mirada triste y paso firme, se encaminó hasta Pont Neuf. Un puente de por aquellos lares.
Recordando el año de salto de trampolín que había entrenado en su niñez, se dejó caer puente abajo.
Si su maestro de trampolín lo hubiera visto, aplaudiría emocionado.
En ese punto la vida de Delphine y su peculiar historia quedaron como cosas del pasado.
Moraleja: Disfruta la vida. Qué son cuatro días.


